Miguel Mendiola y el fascismo que viene

Este artículo se publicó en La Voz del Sur.

Hace unos días estuve en la presentación de un libro titulado Miguel Mendiola. La vida olvidada de un anarquista republicano. Es el enésimo trabajo de un hombre incansable: José Luis Gutiérrez Molina. Previamente, mientras preparaba la intervención, rebusqué un poco en Google y entresaqué 21 libros de José Luis que tratan de lucha obrera, anarquismo, anarcosindicalismo, memoria histórica, biografías de anarquistas, etc. Pero tiene muchos más de otros temas. A servidor —desde el escepticismo de los muchos años— le sorprende la incombustibilidad de hombres y mujeres como él, que no cejan en el empeño, que no se cansan, inasequibles al desaliento. Tengo amigos y conocidos que son así, incombustibles. Los admiro. Son activistas que tratan de conseguir la revolución siempre pendiente en sanidad y educación públicas, feminismo, derechos LGTBI, Palestina, anti belicismo, etc. Personas que empecé a ver en el entorno del 15-M de 2011 y siguen ahí con el mismo ímpetu, haciendo política desde las aceras. Desde mi escepticismo les digo lo mismo: “No os canséis, por favor, sois necesarios”.

Le dije a José Luis que me parecía que era un utópico práctico porque buscaba cosas inalcanzables, pero hacía cosas tangibles, como ese último libro. Los libros son piedrecitas que van conformando el camino del conocimiento, y este libro en concreto es fundamental para entender nuestro pasado y asumir lo que somos hoy y cómo somos hoy. Este es otro libro que relata una historia ocultada por los vencedores de la llamada guerra civil española… ¿Cuántos libros van de este tipo? —dicen por ahí que hay más libros de la Guerra Civil que la I Guerra Mundial—. Y la siguiente pregunta es inmediata: ¿Por qué son necesarios tantos libros que reconstruyen la memoria que nos hurtó el franquismo? 

Son necesarios porque, a pesar de todo, no estamos ganando la batalla del relato.

Libros como el de José Luis oponen otra historia y otros valores a los propagados por los vencedores. No digo que sean especialmente perversos por diseñar un relato histórico a la medida de sus necesidades. Todos los pueblos lo han hecho en todas las épocas. Son perversos porque durante muchas décadas su relato fue la única historia permitida. Es tremendamente sencillo manipular la historia cuando tienes el monopolio de la palabra. La palabra, una simple palabra, modela el modo de entender las cosas y condiciona los valores que se derivan de ese concepto. Por ejemplo, a las generaciones que vivimos la posguerra nos dijeron que griegos y fenicios se establecieron en España (y ya nos iban preparando para considerar que España era una Unidad de Destino en lo Universal). Más tarde vinieron cartagineses y romanos. Luego, visigodos, alanos, suevos y vándalos entraron en España. Los visigodos lograron construir un reino con una religión (católica, por supuesto). Pero los árabes, esas hordas islámicas, nos invadieron. Estos no se establecieron, ni llegaron, ni entraron, estos nos invadieron. La palabra es poderosa. Dirige el modo de comprender y valorar todo, y el franquismo tuvo el monopolio de la palabra durante 40 años de dictadura. Modeló el relato histórico, normalizó sus propios valores y generó un sustrato sociológico capaz de auto replicarse. Y cuando la dictadura franquista mutó a monarquía parlamentaria, ese sustrato sociológico capaz de auto replicarse sobrevivió solapado hasta que el tercer cerdito de las Azores dijo con soltura que había que hacer política sin complejos. El Partido Popular se tomó sus dos carajillos de coñac y, una vez desinhibido, puso el codo en la barra del bar y se transformaba en Vox, cuñao del PP…  y entonces el sustrato sociológico capaz de auto replicarse afloró con estética y praxis neofascista. La política dejó de hacerse con la cabeza y se hizo con el hígado; dejó de apelar a razones y apeló a las emociones. Y así nos va.

A José Luis, y a los que estábamos en la presentación de su libro, les conté un ejemplo de este afloramiento neofascista… aunque, la verdad sea dicha, no es preciso explicar nada porque cada mañana, cuando sintonizamos cualquier medio de comunicación ya lo estamos comprobando. Les conté que hace tres meses, un sujeto despreciable, amparado en el anonimato, escribió en la prensa local que “Ejecutar cerdos en aquella época [se refería a 1936] y ahora es legal. Al igual que gallinas y serpientes”. Se estaba refiriendo al asesinato del Cayetano Roldán, último alcalde republicano de San Fernando. Lo llamó cerdo, gallina y serpiente. Eligió especialmente el simbolismo que quería imprimir al insulto. Luego, cuando se hizo público que el cuerpo de Cayetano Roldán sería entregado a los familiares, añadió: “… pues nada, a recoger basura histórica”. Ya comenté este asunto en un artículo anterior, pero sigue causándome bastante pavor porque este sujeto despreciable está haciendo exactamente lo mismo que ya se hizo con el alcalde hace 87 años: privarle de humanidad, despojarlo de toda dignidad, convertirlo en algo que se podía odiar fácilmente y, por tanto, eliminarlo sin cargos de conciencia. “La opinión de este descerebrado no surge espontáneamente. Su delirio es consecuencia de una pésima educación y del discurso ambiental que le llega a través de los medios de comunicación y de las redes sociales, y que absorbe cada día con más intensidad porque retroalimenta su cerebro reptiliano. Este sujeto, y su pseudo pensamiento, es una consecuencia de la ola de neofascismo a la que estamos a punto de sucumbir…”, decía.

Bien. Vale. Las cosas están así, pero ¿cómo puñetas combatimos esta locura desde la civilización? No sé, supongo que con educación, ofreciendo bases de conocimiento, herramientas que sirvan para componer muebles mentales razonables y respetuosos, y que esos muebles mentales sirvan para pensar. Y también se le combate con libros. Al fascismo se le combate con libros como el de José Luis, que dignifican a los hombres que lucharon contra ese monstruo. Otro asunto será conseguir que los lean… y eso, me temo, va a ser más difícil.

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