Miguel Ángel López Moreno, 6 de marzo de 2015
Los perros jugaban en el Parque del Oeste, en la vieja Isla de León. Saltaban, mordían y se disputaban un trozo de raíz como si fuera un trofeo arrancado a la tierra misma.
Sus dientes desgarraban la corteza sin saber que debajo de ella, atrapados en un tormento eterno, algo esperaba. Si hubieran prestado atención, los perros habrían sentido el escalofrío que recorría la madera oscura en cada dentellada. Pero eran demasiado nobles para percibir las miserias humanas. Simplemente, lo que dormía bajo la corteza no era para ellos.
Y mientras tanto, el hombre cansado, el de paso cansino y piernas doloridas, descansaba en el banco, bajo de las adelfas.
Con cada dentellada, con cada inocente zarpazo, la raíz se iba descortezando. Hasta que Baldo, el joven labrador blanco, hundió sus colmillos con demasiada fuerza…
…entonces la primera voz gritó.
Un alarido que se abrió paso entre las grietas de la madera y se derramó sobre la tierra húmeda. No uno cualquiera, sino un grito de horror, áspero, demasiado antiguo.
Los perros, sobresaltados, retrocedieron con el pelaje erizado, gruñendo a la nada… y el hombre cansado los vio desde su banco, bajo las adelfas.
Después del grito aparecieron los rostros tallados en la madera. Semblantes esculpidos en la savia seca, caras con miradas severas o rostros con ojos muertos que parecían reflexionar desde un pasado miserable. Uno de ellos, de ojos hundidos y labios apretados, parecía juzgar la realidad del mundo. Otro, con el ceño crispado, parecía contener un lamento.
Los perros no entendían dónde estaba el peligro, pero el hombre cansado sí. Lo supo cuando la corteza se desprendió por completo y pudo leer, con un escalofrío en el espinazo, la inscripción grabada: “LA IGNORANCIA ES LA RAÍZ DEL FASCISMO”
Un viento helado de poniente se filtró entre las adelfas. La tierra húmeda olía a cadáver y el hombre cansado comprendió que la raíz era otro bosque y era otro tiempo. Que la raíz es un pasado que aún se retuerce bajo la tierra y señala a quienes merecen el olvido.
Los perros ladraron una última vez antes de perder el interés y correr en otra dirección. El viejo permaneció inmóvil, con la vista clavada en la raíz, incapaz de ignorarla. Porque, hijos míos, la ignorancia tiene poderosas maneras de echar raíces; la ignorancia es la raíz del fascismo y el fascismo es el fracaso de la civilización…
