La casa de Juan


La casa de Juan tiene paredes blancas con zonas ocres, y tejas árabes, como las del sur. Y un muro blanco que la separa del vecino, un hombre taciturno desde que enviudó. Ahora —el vecino, digo— pasa poco tiempo en esa casa porque se le hace enorme y vacía, y porque sus hijas —una es notaria en Sevilla y la otra ingeniera en Barcelona— ya hacen su propia vida. Por eso al vecino no le importa que las avispas hayan anidado en el muro, debajo de una rama de la macroparpa que invade la casa de Juan…

La casa de Juan tiene balaustrada de pilares blancos que la separa de una pequeña piscina… dice que el agua está algo turbia, pero el sol tangencial del atardecer, el que roza el muro, ilumina la fachada de su casa y se refleja en la superficie del agua… ¡A Joan Miró le habrían fascinado esos reflejos!


Y uno piensa que la realidad es demasiado inexacta, que atraviesa cientos de filtros antes de que cualquier individuo la pueda medio-interpretar a su exclusivo modo y saber. Es verdad que coexisten otros mundos, otras realidades, otros pareceres, y que están aquí… olvida del zumbido de las avispas y se concentra en admirar la fachada de la casa de Juan reflejada en el agua turbia. Sí, a Miró o a Sorolla les habrían fascinado estos reflejos…
Nunca imaginé que la fachada de Juan, la que tardó seis semanas en pintar, también fuese esto.


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