En política no hay verdades absolutas


Uno aprende que en política no hay verdades absolutas —tal insensatez habría que dejarla para las religiones—. Lo que hay son opiniones de todos los tipos; unas resultan mejor o peor fundamentadas, otras son fruto de manipulaciones aviesas de ciertos medios, otras son consecuencia de experiencias personales, etc., etc., etc. Cada hijo de vecino llega a sus opiniones como puede o le dejan. Y todas deberían ser respetables siempre y cuando quepan en la norma común que hayamos consensuado.
Pero me temo que en España —y, seguramente, en numerosos países más— se nos olvida que una opinión NO ES la única realidad sobre la que construir el único discurso social, económico y político que se pueda defender.
Sí, me parece que se nos olvida que una opinión SÓLO ES una visión personal y cuestionable. Todos los días se nos olvida que la opinión propia no invalida la del contrincante político. Se nos olvida que una opinión contraria NO convierte al opositor en despreciable. Y esto lo vemos día a día en casi todas las tertulias de bar, radio y televisión, y, para colmo, ocurre en el parlamento día sí y día también… entonces servidor se echa a temblar porque este clima es un buen paso para justificar a los salvapatrias de pensamiento único y excluyente.
En la imagen, Cádiz. Durante el carnaval de 2011.
En este caso los tres chicos parecen opinar lo mismo… ¡y tienen toda la razón!

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