El día que comenzó la guerra

Este artículo se publicó en La Voz del Sur

Río Lillas, en el Parque Natural Hayedo de Tejera Negra

El día que comenzó la guerra en Ucrania atravesé Cantalojas, un pueblecito en el norte de Guadalajara. Era la primera vez que viajaba sin mi copiloto. El asiento de ella se llenó con la gorra del Cavern Club de Liverpool que me regaló Hermi, la cámara Go-Pro, una botella de agua y el macuto rojo… esas cosas iban en su lugar. Nadie desplegó un mapa a mi lado ni miró el móvil para orientarse. Nadie me avisó de cuál sería el próximo pueblo. Nadie me dijo con premura: Por allí, por allí. Ni yo pregunté: ¿Por allí es por la derecha o por la izquierda? Y ella no enfatizó: Te estoy diciendo que por allí. ¡Ya te lo has pasado! Sí. A veces no era una buena copiloto, pero nos reíamos o nos enfadábamos según se terciara. Y siempre había kilómetros por delante para arreglar el problema. Pero ya no está… Nadie me buscó la emisora local o encendió por mí el aire acondicionado. Tuve que aprender a hacerlo solo, sin despegar la vista de la carretera. Hay que aprender a hacer muchas cosas sin ella. Por eso era importante hacer este viaje sin copiloto.

Apenas las 9 de la mañana cuando atravesé Cantalojas, estaba nublado y el termómetro marcaba un grado sobre cero. Desde la aldea rodé ocho kilómetros a través de una pista forestal camuflada en mitad de un bosque de pinos rojos. Las cunetas seguían cubiertas de nieve y las rodaduras embarradas. A veces, el coche perdía tracción en el barrizal y se iba para donde le ordenaba la fuerza de la gravedad ─que es una ley muy suya, todo sea dicho─ que no era precisamente por donde yo quería ir. Esa falta de control sobre la máquina me hacía consciente de lo frágil que somos los humanos frente a cualquier cosa. Me parece a mí que la libertad ─y la voluntad de ser libres─ termina donde comienza la ley de la gravitación universal, la física o la voluntad de los poderosos que deciden ejercer su poder, como Putin en Ucrania, Busch en Irak o Netanyahu en Gaza. Se mire por donde se mire, somos el resultado de leyes inamovibles y repetitivas en este universo político, humano o simplemente físico.

La pista forestal terminaba en un prado que en otoño se convierte en el aparcamiento de los que visitan el hayedo de La Tejera Negra. Ese día laboral de pleno invierno no había ningún coche. Sabía que no era buena época para visitar un hayedo, que en otoño es lo propio, cuando los colores de las hojas son de una belleza inimitable por muchas acuarelas que pinten los que saben hacerlo. Pero no podía esperar porque el tiempo fluye y no vuelve. Ya sabía que el hayedo no tendría hojas, que estarían todas en el suelo formando una alfombra crujiente, pero seguiría siendo un hayedo. Yo mismo carezco de muchas cosas y sigo siendo un ser humano. Las carencias no nos privan de nuestra condición… y así, un hombre sin alegría caminaría por un hayedo sin hojas, y seguirían siendo hombre y hayedo.

El jueves, 24 de febrero de 2022, cuando comenzaba la guerra en Ucrania, el río Lillas seguía atravesando su valle con alegría. Bordeando la pradera, a ambos lados del riachuelo, se espesaba un bosque de pinos rojos. Al fondo se dibujaba el macizo de Ayllón, con manchones nevados y sus laderas cubiertas de hayas grises y sin hojas. Sonaba algún pájaro carpintero y volaba alguna rapaz, pocas. Sin cobertura en el móvil. La soledad era radical y pesaba tanto que hasta me daba pescozones en el cogote, la puñetera. Era una soledad física, espesa y envolvente. Todas las cosas grandes y preciosas son solitarias, decía John Steinbeck. Lo que tenía por delante era grande, precioso y sobre todo solitario. La verdad es que cierta congoja y vértigo me producía tanta soledad… entendida como abandono, desamparo o indefensión, además de la ausencia total de seres humanos. Como te rompas una pierna, aquí te quedas, tío… Pero el paisaje era francamente espectacular y atractivo. Provocaba la misma atracción que causa el vacío. Un paso detrás de otro, casi sin ser consciente, me fue introduciendo cada vez más en ese paisaje solitario.

El río, la pradera, el bosque, los sonidos mezclados de la brisa, el agua circulando, los árboles que se mecen… el espacio abierto delante de tus ojos era lo diametralmente opuesto a lo constreñido de las cuatro paredes donde uno se reduce y se aísla día tras día. La percepción de que solo estás tú, y lo que llevas en la mochila es todo lo que tienes, proporcionaba una pulsión de libertad gratificante. Pero estás solo y no puedes compartir estas sensaciones con ella, y eso es extraño, contranatural… Me inundó entonces una necesidad imperiosa de ser consciente de todos los detalles para recordarlo, de fotografiar cada panorámica, captar la belleza, los silencios, los sonidos, los olores, y vivir la sensación placentera de estar en la naturaleza ─y de ser naturaleza─ sin humanos de por medio …porque se lo tengo que enseñar a ella cuando vuelva. Pero ¡vaya! Esa ilusión dura una fracción de segundo… lo suficiente como para que al volver a la realidad provoque una decepción. Tras esa ilusión instantánea, toda la soledad del entorno te envuelve y cristaliza de golpe en el corazón para detenerlo un momento. No, Milan… todo esto lo estás viviendo solamente tú, cariño. Relájate.

Piedras en equilibrio junto al río Lillas

Sí… la naturaleza es un bello desorden. El cauce del río Lillas es un ejemplo de esa belleza. Después de cada crecida las piedras erosionadas se acoplan unas con otras hasta encontrar un equilibrio estable. En ese momento cada canto rodado ha encontrado su estado de mínima energía. Y solo una fuerza superior es capaz de modificar tal situación… una fuerza superior o una voluntad consciente.

El día que comenzó la guerra en Ucrania, en el cauce del río Lillas, levanté, con voluntad consciente, una columna de piedras desafiando al desorden caótico que rodeaba la escena. La gravedad me lo permitió a duras penas. Es bello el orden y es bello el caos cuando coexisten… posiblemente porque ser consciente de uno nos hace apreciar su contrario. Amamos el orden en mitad del caos y amamos el caos en medio de un orden asfixiante… solo percibimos los contrastes.

Cuando acaba la vida los elementos que la componen tienden al desorden. Y allí, rodeadas de caos, quedaron mis piedras en equilibrio ─como una alegoría de vida y orden─ el día que comenzó la guerra en Ucrania, al albur de la lluvia, de la crecida o del viento. Caerá tarde o temprano porque todo lo humano es efímero. Y, por encima de cualquier ilusión de conocimiento que nos hagamos, el hecho de que nada es eterno es la única certeza que podemos alcanzar…

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