AL ALBUR DE LAS IDEOLOGÍAS. San Fernando, 1936

Este artículo se publicó en La Voz del Sur

De vez en cuando el hombre es extraordinario… pero pocas veces, la verdad. Lo normal es que seamos un horror como especie porque los grupos humanos somos capaces de crear sistemas de creencias y/o conjuntos de valores para justificar cualquier barbaridad que se nos ocurra. Esa es precisamente la definición de ideología: «Se dice del sistema de creencias vinculado a los intereses políticos y económicos del grupo que los suscribe y al cual legitima…»

¿Pero qué pasa cuando un grupo humano ─con tal o cual ideología─ se convierte en el grupo dominante de la sociedad? Pasa que el sistema de creencias/valores que tiene ese grupo hegemónico impregna inevitablemente la economía, la política, la religión y todos los aspectos de la sociedad. Al final, cualquier rasero para calibrar cualquier asunto queda sometido a los valores de la ideología dominante y, en ese preciso momento ─si la sociedad tiene pobres cimientos democráticos─, es cuando se puede entrar en el pozo del pensamiento único y excluyente. En ese punto se empieza a pensar que otros valores, otras creencias y otras ideologías son molestas. Se perciben como disidencias que incomodan el proceso de homogeneización social que se busca. El grupo dominante comienza a subvertir el lenguaje y las ideas, se apropia de los símbolos comunes, se inicia la censura y ridiculización de la opinión contraria, a entorpecer su difusión y finalmente la clase dominante se arroga el derecho a suprimir no solo otro pensamiento sino a las cabezas que lo alojan… Todo eso suele ocurrir si la sociedad en cuestión está asentada en unos pobres y poco sólidos pilares democráticos.

La historia está llena de casos en los que la clase dominante convierte su sistema de valores en la única ideología posible y se utiliza para justificar exterminios masivos de personas con otros valores y creencias. Por citar algunos ejemplos: la Revolución Cultural de Mao en China; los hutus matando tutsis en Ruanda; El Khemer Rojo exterminando disidentes en Camboya; la limpieza racial de albaneses en Kosovo; la represión de Pinochet en Chile o la de los generales en Argentina. Y a nivel histórico, la matanza de hugonotes, calvinistas y demás herejes a lo largo de la historia de la iglesia, los gulags estalinistas, el holomordor ucraniano, el genocidio de kurdos y armenios, etc. Pero sobre todos tenemos en la mente el holocausto judío a manos de nazis y el exterminio de una clase ideológica en la España de Franco, que es a lo que vamos…

Hay un libro de reciente aparición (San Fernando, 1936. Sepulcros blanqueados. Ediciones El Boletín) que documenta este proceso en la ciudad de San Fernando, y que no es distinto de lo ocurrido en cualquier sitio de la España liberada. El libro muestra que a partir del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 (día anterior en Ceuta y Melilla) las normas morales cambiaron radicalmente en la España de la Victoria. Los valores de la sociedad dejaron de ser valores coincidentes con los principios democráticos para pasar a ser valores propios de una sociedad autoritaria. Además, esa clase dominante, creía merecer el poder por derecho divino. Para ellos, la autoridad y el poder eran una gracia de Dios, como siempre había sido… esa cosa de que el poder radicaba en la voluntad popular siempre había sido algo inconcebible para ellos.

En San Fernando y en toda la España en poder de los sublevados, la nueva clase dominante, justificándose en sus valores, creencias e ideología, perpetró el exterminio físico de todas las personas que fueron referentes morales de la lucha obrera, referentes de una educación laica y del pensamiento democrático, en suma, ejemplos de valores republicanos. Todo eso ─personas e ideas─ no cabían en el régimen militar y fascista que se estaba engendrando. Todo el que quería sobrevivir tuvo que mimetizarse con los nuevos valores. O se asumía la moral de los vencedores o te convertías en un ser prescindible… seguía la miseria, el ostracismo social, el exilio o el asesinato en la tapia del cementerio. No había otra opción.

En este contexto, el libro (San Fernando, 1936) trata de explicar el discurso ambiental que se desplegó entre los vecinos de San Fernando. Fue un discurso de odio mantenido en el tiempo y claro (idéntico a lo que ocurrió en cualquier parte de la España Nacional), que sirvió para justificar el exterminio de otros vecinos de San Fernando… no porque fueran criminales convictos sino porque la ideología dominante se había convertido en la única ideología posible.El libro trata de mostrar cómo se construye y se difunde un discurso que define a los rojos como entidades depravadas, odiables, despreciables y prescindibles. ¿Qué cosa eran los rojos? Los rojos eran, un totum revolutum de judíos, masones, bolcheviques, marxistas, socialistas, comunistas, republicanos de derechas, de centro de izquierda, anarquistas, sindicalistas y, en general, todo aquel que no comulgara con los principios del Glorioso Movimiento Nacional. Pero, sobre todo, eran seres sin-Dios y sin-Patria. Una especie de cosas vivas ubicadas en un limbo sin amparo jurídico o emocional. Por eso se las pudo matar sin remordimientos de conciencia. Y si alguno tenía sensación de pecado, ahí estaba la iglesia católica, para perdonar a los inductores y ejecutores del crimen. Justificaron el exterminio de una determinada clase ideológica abusando de la ascendencia moral que tenía una sotana negra desde un púlpito. La Iglesia era, prácticamente la única educadora de los españoles y utilizó ampliamente el chantaje que supone ser la gestora del premio o castigo eterno, los gestores del cielo o infierno. Puede parecer una estupidez, pero entre los creyentes, el cielo de los ángeles y el infierno de Satanás, era algo real y tangible.

El discurso ambiental que se transcribe en el libro muestra el proceso: una misma idea, repetida hasta la saciedad por gente respetable, por personas de orden y recta moral, se convierte en una verdad incuestionable y se normaliza. Ergo, los que no comulgaban con la idea de Una España Grande y Libre no cabían en su propio país… o escapaban al exilio o quedaban excluidos o morían en la tapia del cementerio.

San Fernando, 1936 muestra abiertamente el discurso diseñado por militares sin honor, por fascistas de la Falange Española, por Tradicionalistas arcaicos y por una iglesia anclada en el Concilio de Trento. Fue un discurso que supuso el fracaso de la civilización y la vuelta a lo más primario del ser humano. Propagaron unos valores que los vencedores mantuvieron vigente durante los 40 años de dictadura y crearon con ellos una base sociológica estable. Valores que cuando murió el dictador nadie condenó. Son los mismos valores que se mantuvieron intactos y larvados durante otros 40 años de democracia y hoy, de nuevo, vuelven a estar vivos y visibles aquí y ahora.

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